Hace cuatro años le saqué a Alberto esta foto, justo en el lugar en
el que estaba la casa en la que el nació. Esta semana Alberto
cumpliría 89 años, sirvan estas letras de homenaje a mi tocayo, un hombre bueno.
Ya hemos hablado de él y de su padre, Clemente Fernández, al hablar de la casa
del pueblo. Cuento ahora lo que ocurrió anteriormente, cuando no
existía la seguridad social. Disculpadme que no escriba muchos
nombres propios pero no los tengo por seguros(*). Clemente tuvo una
primera esposa, de apellido Berlanga con la que tuvo una hija, pero
la mujer enfermó y él tuvo que empezar a vender sus tierras para
pagar los medicamentos y la asistencia médica, aun así no consiguió
salvarla. Volvió a casarse y volvió a ocurrir lo mismo, su segunda
mujer también enfermó y murió, no sin antes obligarle a vender lo
que le quedaba. También murió la hija nacida en el primer
matrimonio y Clemente con sus hijos (Eugenia, Alberto y Flores) pasaron a
vivir en la casa del pueblo.
La ventaja de las casas de adobe es que apenas dejan huella cuando se
hunden, se retiran las tejas y la madera y apenas se nota que allí hubo una casa. Es lo que ocurre en el solar de la plaza que aparece en la foto, es la zona que queda entre la casa de Emilio (“el maño”) y la calle que va
en dirección a la casa de Domi.
* No he podido confirmarlos con más personas, pero estos son los recuerdos de mi padre: la primera mujer de Clemente se llamaba Marcelina y su primera hija Carmen. La segunda fue Juana Villanueva.
