lunes, 3 de agosto de 2020

La casa de Alberto.
Hace cuatro años le saqué a Alberto esta foto, justo en el lugar en el que estaba la casa en la que el nació. Esta semana Alberto cumpliría 89 años, sirvan estas letras de homenaje a mi tocayo, un hombre bueno.

Ya hemos hablado de él y de su padre, Clemente  Fernández, al hablar de la casa del pueblo. Cuento ahora lo que ocurrió anteriormente, cuando no existía la seguridad social. Disculpadme que no escriba muchos nombres propios pero no los tengo por seguros(*). Clemente tuvo una primera esposa, de apellido Berlanga con la que tuvo una hija, pero la mujer enfermó y él tuvo que empezar a vender sus tierras para pagar los medicamentos y la asistencia médica, aun así no consiguió salvarla. Volvió a casarse y volvió a ocurrir lo mismo, su segunda mujer también enfermó y murió, no sin antes obligarle a vender lo que le quedaba. También murió la hija nacida en el primer matrimonio y Clemente con sus hijos (Eugenia, Alberto y Flores) pasaron a vivir en la casa del pueblo.

La ventaja de las casas de adobe es que apenas dejan huella cuando se hunden, se retiran las tejas y la madera y apenas se nota que allí hubo una casa. Es lo que ocurre en el solar de la plaza que aparece en la foto, es la zona que queda entre la casa de Emilio (“el maño”) y la calle que va en dirección a la casa de Domi. 
 
* No he podido confirmarlos con más personas, pero estos son los recuerdos de mi padre: la primera mujer de Clemente se llamaba Marcelina y su primera hija Carmen. La segunda fue Juana Villanueva.

No hay comentarios:

Publicar un comentario